domingo, 1 de agosto de 2010

De la mano

Ya estaba hecho. Podía sentir la respiración fatigosa mezclada con las oraciones que proclamaba el decrépito cura que había venido a darme la extremaunción. Todo de lo que no había querido ser parte lo había sido. Era uno de los tantos que había sido destinado a ese galpón con camillas que se hacía llamar hospital. Podía sentir el reloj de la muerte marcando cada segundo que se escurría y que no iba a volver. También podía, y esto podría parecer un delirio antes del fin, sentir la impaciencia de la muerte, casi podía decirse que si el cura no se hubiera apurado en las últimas oraciones se lo hubiera llevado a él también. La cansada voz del hombre a mi lado, cuya presencia se iba desvaneciendo poco a poco, me parecía un bálsamo para ese horror que había vivido en la carne y que se había instalado en mi sangre.
No había nadie a mi lado el día que desperté en esa sala de espera de la muerte. Sentía todo como un ácido quemándome. Era una tortura. Solo quería que parara. Y peor fue cuando un día después de mi doloroso despertar me dijeron que mi flor de vida se había marchitado. Estaba solo. Me habían amputado la mitad del corazón. Jamás iba a volver a ver su piel de miel. Anclado a este hospital en el medio de una isla cercana. Cercana a la zona del impacto. Cercana a Hiroshima. Me hubiera gustado saber cómo había llegado el avejentado padre hasta este lugar que ahora era un jardín de la muerte. Ya nada iba a ser igual y yo tuve la terrible experiencia de sufrir en carne propia ese dramático cambio; y ese cambio me llevaba a los brazos de la muerte. Esa que con su reloj me recordaba que mi vida se terminaba. Pero me iba en paz. Ya no sabía si era porque realmente me había resignado o si era porque los médicos que me atendían cada tanto habían sido bendecidos con algo de morfina. No sentía nada. Supe en ese momento que me iba a ir casi sin dolor. El único dolor era el de la pérdida, pero contra eso ya no tenía nada. Estaba vacío. Yo me había preguntado siempre cómo me iba a morir. Y resulta ser que me moría por la crueldad y la barbarie humana. Nada más ni nada menos me estaba matando. Empecé a notar que las paredes se desvanecían. El verde vomitivo que tanto me había atormentado durante los últimos dos meses se difuminaba dejando lugar a un verde agua y, al final, a un celeste cielo. Un color que no había visto desde aquella fatídica mañana en la que todo cambió. Pero no, no iba a hablar más de mi tormento personal. Todo rastro de angustia, confusión, desesperación, se iba de mí como los ríos que bajan la montaña. Esa montaña que yo estaba subiendo. Por esa extensión verde sin fin. No sabía a dónde iba. Solo supe que tenía que subir. Lo supe. No sé cómo. Pero allá sentí yo que tenía que ir y hacia allá iba. Subiendo una pradera verde. Subiendo una pradera de la mano. Si, de la mano de la muerte.


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